CUADROS
CASTIGADOS DE CARA A LA PARED
Patricia
Manzano
¿Qué
pasa cuando todos los focos apuntan hacia el actor secundario? Mateo Maté (1964,
Madrid) presenta “La cara oculta” una exposición donde el elemento protagonista
no es otro sino el bastidor del cuadro. Ana Villarquide Jevenois, autora de “La
pintura sobre tela: historiografía, técnicas y materiales” en dicho libro
expone lo siguiente:
“Sorprendentemente, los
bastidores parecieron no interesar demasiado a los pintores y fueron siempre un
objeto de dudosa importancia”
En
sus obras Mateo Maté desafía a la norma resaltando la relevancia de lo que
considera los “cimientos” de la pintura y restándole importancia a un lienzo
sin pintar y que ni siquiera es visible para el espectador pues está “dando la
espalda” al público. El artista juega con la idea de "cuadros castigados" que al darse la vuelta pueden ser tan originales como el propio lienzo pintado. De este modo le da protagonismo al actor secundario y nos
hace reflexionar sobre todas aquellas cosas tan esenciales en nuestra vida en
las que apenas nos fijamos.
Mediante
obras no tituladas que parecen adaptarse perfectamente al espacio y que a
primera vista pueden no parecer demasiado atractivas, el autor le da un uso a
la madera al que no estamos acostumbrados, demostrando así un gran dominio de
la materia prima. Esto hace que la exposición sea única porque ningún otro sitio nos ofrece arte de estas características.
Alejándose
de la metáfora geográfica a la que nos tiene acostumbrados, en “La cara oculta”
este artista conceptual trabaja la madera para analizar el lenguaje del arte.
Nada más entrar en la galería nos recibe una instalación en forma de laberinto
que busca acercar al espectador a la obra pero que al mismo tiempo es una
ironía pues el recorrido es complicado y sinuoso ya que como el propio Maté nos
cuenta “el camino a una obra de arte no es una línea recta”.
Esta
idea de un laberinto perfectamente geométrico y que recuerda a la espiral de
Durero se explora a través de todas las piezas. El laberinto, al que tanto se
recurre desde la mitología griega y que es una de las imágenes más arquetípicas
de la historia podría considerarse una metáfora las vidas perfectamente
ordenadas que llevamos hoy en día, siguiendo un camino que ya está marcado y
del que no podemos escapar. De hecho, Mateo Maté, a quien técnicamente no se le
puede llamar pintor, cambia los pinceles por las herramientas y busca la salida
del laberinto rompiendo los cánones estéticos a los que parecen estar ligados
los artistas contemporáneos, experimentando no con el lienzo, sino con otra
parte del cuadro igual de importante pero sumamente infravalorada.
Creando
un laberinto dentro de la galería el artista involucra al público que de manera
consciente tiene que estar pendiente de no salirse del camino establecido
mientras se centra en unas obras abiertas a la interpretación. Maté no busca
imponer una opinión acerca de su arte sino que persigue romper la relación
militarizada entre el público y la obra.
Siempre
con la idea de ir más allá y de seguir avanzando por el laberinto, las obras, que
casi seguro al principio resultan una sorpresa para el espectador, cobran
sentido. La idea del laberinto está tan explotada que cada obra transmite un
mensaje único y personal dependiendo de la persona que la vea. Con la idea de
que la belleza no está sólo en el lienzo,
busca explorar todas las posibilidades de la industria estudiando el
sistema de soporte de los cuadros para crear arte de una manera distinta con
herramientas poco convencionales.
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