domingo, 21 de septiembre de 2014


CUADROS CASTIGADOS DE CARA A LA PARED

Patricia Manzano

¿Qué pasa cuando todos los focos apuntan hacia el actor secundario? Mateo Maté (1964, Madrid) presenta “La cara oculta” una exposición donde el elemento protagonista no es otro sino el bastidor del cuadro. Ana Villarquide Jevenois, autora de “La pintura sobre tela: historiografía, técnicas y materiales” en dicho libro expone lo siguiente:
“Sorprendentemente, los bastidores parecieron no interesar demasiado a los pintores y fueron siempre un objeto de dudosa importancia”
En sus obras Mateo Maté desafía a la norma resaltando la relevancia de lo que considera los “cimientos” de la pintura y restándole importancia a un lienzo sin pintar y que ni siquiera es visible para el espectador pues está “dando la espalda” al público. El artista juega con la idea de "cuadros castigados" que al darse la vuelta pueden ser tan originales como el propio lienzo pintado. De este modo le da protagonismo al actor secundario y nos hace reflexionar sobre todas aquellas cosas tan esenciales en nuestra vida en las que apenas nos fijamos.

Mediante obras no tituladas que parecen adaptarse perfectamente al espacio y que a primera vista pueden no parecer demasiado atractivas, el autor le da un uso a la madera al que no estamos acostumbrados, demostrando así un gran dominio de la materia prima. Esto hace que la exposición sea única porque ningún otro sitio nos ofrece arte de estas características.
Alejándose de la metáfora geográfica a la que nos tiene acostumbrados, en “La cara oculta” este artista conceptual trabaja la madera para analizar el lenguaje del arte. Nada más entrar en la galería nos recibe una instalación en forma de laberinto que busca acercar al espectador a la obra pero que al mismo tiempo es una ironía pues el recorrido es complicado y sinuoso ya que como el propio Maté nos cuenta “el camino a una obra de arte no es una línea recta”. 

Esta idea de un laberinto perfectamente geométrico y que recuerda a la espiral de Durero se explora a través de todas las piezas. El laberinto, al que tanto se recurre desde la mitología griega y que es una de las imágenes más arquetípicas de la historia podría considerarse una metáfora las vidas perfectamente ordenadas que llevamos hoy en día, siguiendo un camino que ya está marcado y del que no podemos escapar. De hecho, Mateo Maté, a quien técnicamente no se le puede llamar pintor, cambia los pinceles por las herramientas y busca la salida del laberinto rompiendo los cánones estéticos a los que parecen estar ligados los artistas contemporáneos, experimentando no con el lienzo, sino con otra parte del cuadro igual de importante pero sumamente infravalorada.
Creando un laberinto dentro de la galería el artista involucra al público que de manera consciente tiene que estar pendiente de no salirse del camino establecido mientras se centra en unas obras abiertas a la interpretación. Maté no busca imponer una opinión acerca de su arte sino que persigue romper la relación militarizada entre el público y la obra.

Siempre con la idea de ir más allá y de seguir avanzando por el laberinto, las obras, que casi seguro al principio resultan una sorpresa para el espectador, cobran sentido. La idea del laberinto está tan explotada que cada obra transmite un mensaje único y personal dependiendo de la persona que la vea. Con la idea de que la belleza no está sólo en el lienzo,  busca explorar todas las posibilidades de la industria estudiando el sistema de soporte de los cuadros para crear arte de una manera distinta con herramientas poco convencionales.

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